El de la foto de la derecha es Isidore Ducasse. Cuando muere a los 24 años de una enfermedad infecciosa en su acta de defunción se lee "sin más comentarios". Podría valer para su vida también. No voy a repetir aquí lo que se puede encontrar en tantos sitios pero la vida de este hombre (¿niño?) es en verdad todo un enigma. "No dejaré memorias", escribió también y, más allá de los documentos legales, poco sabemos de Isidore. Se escondió (¿o se reveló?) tras el conde de Lautreamont y, no contento con eso, éste a su vez se escudó tras Maldoror. Escribió la que posiblemente sea una de las obras más esquivas de la literatura ("Los cantos de Maldoror"), un puñado de poesías y, de manera tan sutil como llegó a este mundo, lo abandonó y nos dejó la tarea de tratar con sus palabras. Buceamos en su ¿biografía? para de alguna manera arrojar algo de luz sobre las tinieblas de Maldoror pero no hay manera, miramos de cerca esta fotografía para ver si tras esos ojos atisbamos al monstruo pero no lo vemos. No es más (ni menos) que un niño.Poniéndonos borgianos (tarea recomendable a todo el mundo de vez en cuando) en Ducasse tenemos otro capítulo más de aquella breve reseña de obras nunca escritas por gigantes de la literatura que recapituló el maestro (ya saben, Aristóteles diciendo que "de la comedia hablaremos después" y ese "después", como tantos otros, nunca llega, y otros ejemplos fascinantes). Y es que, tras su obra dedicada a la oscuridad, Ducasse (esta vez con su nombre, aparcando a Lautreamont, significativamente) pretendía dedicar otra a la luz cambiando "melancolía por coraje, duda por certeza, desesperación por esperanza, maldad por bondad, quejas por deber, escepticismo por fe, sofismas por fría ecuanimidad y orgullo por modestia". Comienza escribiendo sus "Poesías" y muere. En pleno proceso de mediación se le acaba el tiempo y, con ello, nosotros nos quedamos a medias, conjeturando rimas, bosquejando estructuras, fantaseando qué hubiera pasado si... Me gusta pensar que, si existe aquel cielo del cual tanto se burló, Ducasse ha acabado sus "Poesías" allí y pasea con una media sonrisa de satisfacción recitando pasajes de "Los cantos de Maldoror" a una plétora de admiradores que se mueren de envidia y entre los que cabe identificar caras familiares como las de Sade, Milton, Blake, Baudelaire o Byron. Todos se tapan los oídos pero ninguno de ellos se atreve a dejar de escuchar.

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