jueves, 16 de octubre de 2008

El enemigo del pensamiento

A todos aquellos que de una manera más o menos tangencial y con mayor o menor suerte nos dedicamos a esto del pensamiento nos viene alguna vez a la cabeza la pregunta por excelencia: ¿para qué pensar? Esta pregunta ronda (o rondaba) también a Steiner y de sus reflexiones sacó un librito muy curioso que se llama "Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento". Como el propio Steiner señala, lo que motivó su pensar (y como spinozianos sabemos que todo pensamiento funciona como efecto, empujado por algo, no en un vacío) fueron unas palabras de Schelling que rezan así:

Ésta es la tristeza que se adhiere a toda vida mortal, una tristeza que, sin embargo, nunca llega a la realidad, sino que sólo sirve a la perdurable alegría de la superación. De ahí el velo de la pesadumbre, el cual se extiende sobre la naturaleza entera, de ahí la profunda e indestructible melancolía de toda vida. Sólo en la personalidad está la vida; y toda personalidad se apoya en un fundamento oscuro, que, no obstante, debe ser también el fundamento del conocimiento.

Lo que señala aquí Schelling es engañosamente simple: a la base de la existencia humana nos encontramos la tristeza. De ahí partimos, a veces nos alzamos un poco sobre ella pero la gravedad (en más de un sentido) nos acaba arrastrando otra vez a ella inevitablemente. Es el mismo pensamiento a la base de las palabras de, por ejemplo, la expulsión del Jardín del Edén o del Eclesiastés bíblico (libro, aún así, fascinante): qui auget scientiam, auget et dolorem.

Pensar no supone más que reconocer con claridad dolorosa esa pesadumbre (Schwermut, bendita etimología germana) que nos constituye, la tristeza que somos. La única manera de huir de esta pesadumbre es sencillamente no pensar, negarse a reconocer la Schwermut original y susurrar una y otra vez: ignorance is bliss.

No.

La razón de que Steiner al final acabe dando la razón a Schelling es que para él el objetivo parcial del pensamiento es la verdad en cada uno de sus fragmentos y el final la verdad absoluta. Steiner nos señala con claridad desarmante que aquél que en el pensar busque la verdad final lo lleva claro. Pero el pensamiento no fracasa porque no llega hasta el final, el pensamiento no es un fraude cuando no llega a la verdad. El fin del pensamiento no es combatir el error (y en esto como en muchas otras cosas seguimos a Deleuze) sino combatir la estupidez. Así de claro. El valor de un pensamiento no se mide por lo cerca que se quede de la verdad (pensemos en un juego de petanca, lanzo mi pensar y rezo para que quede lo más cerca posible de la verdad), no es más o menos valioso por lo que es, sino por lo que hace (Spinoza).

¿Qué provoca un pensamiento? ¿Qué efecto tiene en quien lo piensa? ¿Me sirve para combatir mi estupidez? ¿Mantiene a raya la pura y simple idiotez que me acecha continuamente? ¿Me hace mejor (o más) pensador? Todo pensamiento en sentido amplísimo (imagen, ruido, palabra, sí, pero también gesto, caricia, sentimiento, susurro) es más o menos valioso en función de la fuerza con la que combate la ola de estupidez que amenaza con tragarme, de la novedad que introduce en mi vida, del estímulo que me supone. El efecto de esta retirada de la estupidez es la alegría, señor Steiner, pura, simple y desbordante laetitia (no la gaudium de la posesión absoluta que se disfruta para siempre sino la laetitia temporal y relativa, aquella que se disfruta como don). Pensar me hace feliz. Aunque quizás deberíamos matizar: algunos pensamientos me hacen feliz. Así como hay pensamientos que nos elevan, también hay pensamientos mezquinos, bajos, entristecedores, miserables.

Incluso las fatigas intelectuales, los callejones sin salida dialécticos, las encrucijadas metafísicas y las aporías me causan placer. Quien no ha gozado de este placer seguramente se sonreirá ante estas palabras. Quienes gozamos de él nos sonreímos a su vez. Pensar causa placer y hay pensamientos dando vueltas por ahí verdaderamente orgásmicos esperando ser experimentados.

6 comentarios:

iago dijo...

Lo triste es tener que pensar.

Beatitudo dijo...

¿A qué te refieres? Lo triste es: a) verse obligado a pensar, b) tener algo que pensar (y se te ha ido la mano en la tilde)... ¡Explíquese!

Beatitudo dijo...

Por cierto, dado que imagino que leerás las respuestas a tus comentarios, la entrada de la frase Roussea y tuya acerca de la escritura y los muros también tiene otra resonancia en la "Canción de palacio #7" del gran Nacho Vegas cuando canta/escribe:

Y vivo así en mi palacio de papel / Se está bien aquí, se está bien /
La mujer del tiempo anuncia un vendaval, / pero no me iré; resistiré.

Bueno, y la canción en general (imagino que la habrás oído) trata de atrincherarse en muros de papel... Pero son tan delgados que se oye todo...

iago dijo...

Me refiero a la opción "a" como debería usted adivinar teniendo a partir del mis posicionamientos intelectuales en el mismo prado donde Juan-Jacobo herborizaba porque no podía pastar sin más.

iago dijo...

Sí, suelo leer las respuestas a mis comentarios cuando me acuerdo, así que a veces tardo.

Sobre la resonancia. No tengo ahora mismo a mano la canción para comprobar que matices aplica, pero si en esa estrofa juega, como parece, con la dualidad de la palabra tiempo en castellano, cabe decir que mantiene la resonancia con gran elegancia.

Beatitudo dijo...

Imaginaba sería esa opción conocido más o menos de qué pie cojea usted. Acertada, como siempre, la polisemia de "tiempo", como bien dice. Gran canción, la verdad...