Hace mucho que le tenía miedo. Ya lo había leído en la edición (incompleta) de Penguin hace bastante tiempo y no conseguí acabarlo. Miento. No quise acabarlo. No pasaba yo por una de mis mejores rachas y la lectura me estaba resultando demasiado dolorosa, aún cuando el hecho de que su lenguaje no fuera el mío actuaba como una especie de profiláctico. Lo elegí un poco al azar (como casi todo lo que leía entonces) pero esa portada me arrebató por completo. Dos personas pasean y de repente a una de ellas le pasa algo, algo se apodera de él y salta en el aire. No le vemos la cara pero tras leer el libro sabemos perfectamente qué es lo que le ha sucedido. Su compañero está asustado, no entiende.
Aún así, a mí, que me creía medianamente versado en Pessoa, nadie me había preparado para lo que me encontraría dentro.
Quien vive como yo no muere: se acaba, se marchita, se desvegeta. El sitio donde estuvo sigue sin él estar allí, la calle por donde caminaba sigue sin que él sea visto en ella, la casa que habitaba es habitada por no él.
El libro está escrito por Bernardo Soares, en palabras del propio Pessoa el más personal de sus heterónimos, lo más cerca que el escritor está de sí mismo:
No siendo su personalidad la mía, es, no diferente de la mía, sino una simple mutilación de ella. Soy yo menos el raciocinio y la afectividad.
Bernardo pasea por las calles de su ciudad, trabaja de contable y piensa. Mucho. Escribe. Más todavía. Sobre el tedio, sobre sí mismo, sobre lo que ve, sobre lo que mira. No hace mucho más, para ser sincero. Ni falta que le hace. Resuena especialmente en mí el esfuerzo de Bernardo por negar su afán de comprensión, ese rechazo del ansia tan borgeana (ay, gran spinozista) por entender. De hecho, creo que Soares se hubiera reído a carcajadas si hubiera leído al Borges que escribe lo siguiente:
Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos; hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh, dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las muchas montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre.
Donde el personaje borgeano se extasia con la contemplación de causas y efectos Soares se hastía. Borges busca el Todo, Soares encuentra la Parte. Incapaz de reconocer un sentido global, Pessoa opta por la solución de Eliot:
These fragments I have shored against my ruins.
El Arte es lo más grande precisamente porque en él no hay fines, ni causas, ni efectos, ni mecanismos ni, propiamente hablando, nada que entender. Ya lo cantaba Leonard Cohen:
Do not choose a coward's explanation
that hides behind the cause and the effect.
La causa y el efecto son mundanas, escribe Soares, tan sólo aquello que escapa a ellas es divino y sólo el Arte escapa. Y comprender es comprender causas (causa sive ratio, escribía Spinoza), luego la salida no está en comprender:
Para comprender, me destruí. Comprender es olvidarse de amar. No conozco nada más al mismo tiempo falso y significativo que aquel dicho de Leonardo da Vinci de que no se puede amar u odiar una cosa sino después de haberla comprendido.
Este libro me daba miedo. Y cuando me enteré de que había salido una edición (¡completa!) en Acantilado no me hizo ni puta gracia, la verdad. Sabía que antes o después iba a echarle mano.
Organizar de tal manera nuestra vida que sea un misterio para los demás, que quien mejor nos conozca, apenas nos desconozca más de cerca que los otros. Así he tallado yo mi vida, casi sin pensar en ello, pero tanto arte instintivo he puesto en hacerlo que para mí mismo me he vuelto una no del todo clara y nítida individualidad mía.
El otro día estaba haciendo tiempo y se me ocurrió la brillante idea de entrar en una librería. Me puse a rebuscar entre los libros de Acantilado (buscaba a Montaigne) y me encontré de manera inesperada (creo) con Pessoa mirándome serenamente desde la portada de su Libro del desasosiego.

Antes de darme cuenta ya había pasado por caja (una edición impecable). Ahora ya sé que este libro me va a acompañar (una vez más) mucho tiempo.
La búsqueda de la verdad —sea la verdad subjetiva del convencimiento, la objetiva de la realidad o la social del dinero y del poder— trae siempre consigo, si en ella se emplea quien merece premio, el conocimiento último de su inexistencia. El premio gordo de la vida les toca solamente a los que han comprado por casualidad. El arte tiene valor porque nos saca de aquí.
Conozco quien defiende que es un libro depresivo. No es mi caso. Como todo Pessoa, cuanto más parece hundirse más alto vuela y no deja de ser, como cantaba aquel, “la mejor compañía para estados de ánimo peligrosos”:
Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, posándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza.


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