martes, 25 de noviembre de 2008

¿Quién teme a Soares?

Hace mucho que le tenía miedo. Ya lo había leído en la edición (incompleta) de Penguin hace bastante tiempo y no conseguí acabarlo. Miento. No quise acabarlo. No pasaba yo por una de mis mejores rachas y la lectura me estaba resultando demasiado dolorosa, aún cuando el hecho de que su lenguaje no fuera el mío actuaba como una especie de profiláctico. Lo elegí un poco al azar (como casi todo lo que leía entonces) pero esa portada me arrebató por completo. Dos personas pasean y de repente a una de ellas le pasa algo, algo se apodera de él y salta en el aire. No le vemos la cara pero tras leer el libro sabemos perfectamente qué es lo que le ha sucedido. Su compañero está asustado, no entiende.

Aún así, a mí, que me creía medianamente versado en Pessoa, nadie me había preparado para lo que me encontraría dentro.

Quien vive como yo no muere: se acaba, se marchita, se desvegeta. El sitio donde estuvo sigue sin él estar allí, la calle por donde caminaba sigue sin que él sea visto en ella, la casa que habitaba es habitada por no él.

El libro está escrito por Bernardo Soares, en palabras del propio Pessoa el más personal de sus heterónimos, lo más cerca que el escritor está de sí mismo:

No siendo su personalidad la mía, es, no diferente de la mía, sino una simple mutilación de ella. Soy yo menos el raciocinio y la afectividad.

Bernardo pasea por las calles de su ciudad, trabaja de contable y piensa. Mucho. Escribe. Más todavía. Sobre el tedio, sobre sí mismo, sobre lo que ve, sobre lo que mira. No hace mucho más, para ser sincero. Ni falta que le hace. Resuena especialmente en mí el esfuerzo de Bernardo por negar su afán de comprensión, ese rechazo del ansia tan borgeana (ay, gran spinozista) por entender. De hecho, creo que Soares se hubiera reído a carcajadas si hubiera leído al Borges que escribe lo siguiente:

Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos; hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh, dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las muchas montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre.

Donde el personaje borgeano se extasia con la contemplación de causas y efectos Soares se hastía. Borges busca el Todo, Soares encuentra la Parte. Incapaz de reconocer un sentido global, Pessoa opta por la solución de Eliot:

These fragments I have shored against my ruins.

El Arte es lo más grande precisamente porque en él no hay fines, ni causas, ni efectos, ni mecanismos ni, propiamente hablando, nada que entender. Ya lo cantaba Leonard Cohen:

Do not choose a coward's explanation
that hides behind the cause and the effect.

La causa y el efecto son mundanas, escribe Soares, tan sólo aquello que escapa a ellas es divino y sólo el Arte escapa. Y comprender es comprender causas (causa sive ratio, escribía Spinoza), luego la salida no está en comprender:

Para comprender, me destruí. Comprender es olvidarse de amar. No conozco nada más al mismo tiempo falso y significativo que aquel dicho de Leonardo da Vinci de que no se puede amar u odiar una cosa sino después de haberla comprendido.

Este libro me daba miedo. Y cuando me enteré de que había salido una edición (¡completa!) en Acantilado no me hizo ni puta gracia, la verdad. Sabía que antes o después iba a echarle mano.

Organizar de tal manera nuestra vida que sea un misterio para los demás, que quien mejor nos conozca, apenas nos desconozca más de cerca que los otros. Así he tallado yo mi vida, casi sin pensar en ello, pero tanto arte instintivo he puesto en hacerlo que para mí mismo me he vuelto una no del todo clara y nítida individualidad mía.

El otro día estaba haciendo tiempo y se me ocurrió la brillante idea de entrar en una librería. Me puse a rebuscar entre los libros de Acantilado (buscaba a Montaigne) y me encontré de manera inesperada (creo) con Pessoa mirándome serenamente desde la portada de su Libro del desasosiego.


Antes de darme cuenta ya había pasado por caja (una edición impecable). Ahora ya sé que este libro me va a acompañar (una vez más) mucho tiempo.

La búsqueda de la verdad —sea la verdad subjetiva del convencimiento, la objetiva de la realidad o la social del dinero y del poder— trae siempre consigo, si en ella se emplea quien merece premio, el conocimiento último de su inexistencia. El premio gordo de la vida les toca solamente a los que han comprado por casualidad. El arte tiene valor porque nos saca de aquí.

Conozco quien defiende que es un libro depresivo. No es mi caso. Como todo Pessoa, cuanto más parece hundirse más alto vuela y no deja de ser, como cantaba aquel, “la mejor compañía para estados de ánimo peligrosos”:

Tal vez mi destino sea eternamente ser contable, y la poesía o la literatura una mariposa que, posándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza.

martes, 4 de noviembre de 2008

Haiku o ni lo uno ni lo otro

Interesante conversación con alguien que controla de estos temas poéticos (yo, como bien sabe todo el mundo que me conoce algo, soy más prosaico). Me dice esta amiga (respondiendo a una pregunta mía) que un haiku es "un baile en el filo de un cuchillo". A mí que esto de la habilidad verbal me atrae irremediablemente y en todos los sentidos no me queda otra que pedirle que se explique y ella me aclara (por decirlo de alguna manera) que en primer lugar es un "baile" porque consiste en un equilibrio y que tiene lugar en el filo de un cuchillo porque una pérdida de ese equilibrio lleva a caer en uno de dos extremos que constituyen un fracaso del poema.

El haiku debe cumplir dos condiciones (más allá de las formales, claro está). En primer lugar, debe proceder de la experiencia directa y circunscribirse a un espacio de tiempo reducido. Es decir, se trata de apuntar a un "slice of life" significativo, que de alguna manera cause resonancias en el escritor que éste considere dignas de que el lector experimente. En segundo lugar, la exposición a esta imagen debe causar en el lector otra resonancia (lo más idéntica posible a la primera, dice mi amiga).

El baile, tal y como yo lo veo, tiene lugar entre lo concreto y lo abstracto, ya que la situación que yo evoco es infinitamente concreta y la manera más fácil que tenemos de provocar resonancias es con lo infinitamente abstracto. Yo no sé si a alguien más le causará tristeza ver un parque de atracciones abandonado (por poner un ejemplo estúpido) pero si sé que alguna tristeza particular resonará en el lector si escribo "tristeza". Este último es el camino fácil y que el escritor de haikus debe (palabras de ella, no mías) evitar. En los extremos, las construcciones abstractas se alejan de mi experiencia particular pero la transcripción directa de mi experiencia puede no provocar absolutamente nada en el lector (pensemos en esos momentos en que contamos a alguien un momento particular con todo lujo de detalles para que entienda algo que sentimos y tan sólo recibimos una mirada cuasi-bovina).

Como ejemplo, el haiku por excelencia, cortesía de Bashō:

Furuike ya / kawazu tobikomu / mizu no oto

Un viejo estanque / Se zambulle una rana / Ruido del agua


lunes, 3 de noviembre de 2008

Ah, Caeiro! Ah, humanity!

Como heterónimo pessoano, Alberto Caeiro es el objetivista absoluto y maestro de Pessoa (declarado como tal por Ricardo Reis que, a su vez, no es más que otro heterónimo). En su tozuda huida de la subjetividad humana (valga la redundancia) Caeiro (un pastor) es precavido en sus palabras, consciente de que el lenguaje no es más que una creación humana ("ejercito móvil de metáforas" como decía aquel) y que todo posible engarce entre palabra y realidad revela más la constitución del hablante que la naturaleza del hablado. Obsesionado por no añadir nada al mundo pero sintiendo (paradójicamente) la necesidad de documentar esta obsesión (a través de las palabras) la poesía de Caeiro es un continuo toma y daca entre lo que se puede decir y lo injusto que es ese decir, entre lo completo que es el mundo tal y como está y la necesidad de aludir a esta completud:

Pensar incomoda como andar à chuva
Quando o vento cresce e parece que chove mais.

Tanto el pensamiento como la palabra no hacen sino añadir a la naturaleza un exceso que ni ella (o él) pide ni necesita, una plusvalía innecesaria que no hace nada por ayudarnos a entender el mundo (ya que, de hecho, no hay nada que entender):

Pensar no sentido íntimo das cousas
É acrescentado, como pensar na saúde
Ou levar um copo à água das fontes.

Caeiro no hace más que querer decir una y otra vez el simple "hay" que tantos otros han intentado pronunciar (
es gibt) pero se siente enrollado en este lío en el que nos metimos allá cuando cayó aquella torre bíblica y esta aparentemente simple proferencia se multiplica y se expande al intentar explicarse a sí misma:

Pensar é estar doente dos olhos.

Huir del intelectualismo (empresa paradójica donde las haya cuando se lleva a cabo en las páginas de un libro, único lugar donde Caeiro ha existido) lleva al pastor a algo que se podría llamar sensacionismo y el recelar de su cabeza le lleva a confiar en el resto de su cuerpo:

Sou um guardador de rebanhos.
O rebanho é os meus pensamentos
E os meus pensamentos são todos sensações.
Penso com os olhos e com os ouvidos
E com as mãos e os pés
E com o nariz e a boca.

Este periplo de Caeiro no es camino para un humano y Pessoa lo sabe perfectamente. De esta manera el verdadero golpe de genio no está en el Caeiro sereno y calmo que, como escribió Sarrionandia y cantó Ordorika:

Gaua abaildu orduko euria, eguzkia, ilargia eta etxe atarian aulkia desiratu
Eta aldegiten zuen lasai sonbreiruaren hegala altzatuz

La genialidad pessoana se revela en el Caeiro enamorado. Porque tras todas sus palabras y proclamas el pastor hace algo tan sencillo como enamorarse y escribir "O pastor amoroso" ante la ira de su discípulo Ricardo Reis, que considera que deberíamos olvidar estos poemas, que constituyen la única lacra de un Caeiro que se queda a un solo paso de la perfección, que optando a cumbres divinas decide quedarse en una colina humana. A Reis se le revuelve el estómago (mientras a nosotros se nos hincha el corazón) al leer a un Caeiro exaltado que escribe cosas tan sublimes como:

O amor é uma companhia.
Já não sei andar só pelos caminhos,
Porque já não posso andar só.
Um pensamento visível faz-me andar mais depressa
E ver menos, e ao mesmo tempo gostar bem de ir vendo tudo.
Mesmo a ausência dela é uma coisa que está comigo.
E eu gosto tanto dela que não sei como a desejar.

Se a não vejo, imagino-a e sou forte como as árvores altas.
Mas se a vejo tremo, não sei o que é feito do que sinto na ausência dela.
Todo eu sou qualquer força que me abandona.
Toda a realidade olha para mim como um girassol com a cara dela no meio.

El pastor enamorado es incapaz de mantener la antigua serenidad, es plenamente consciente de que esta agitación que siente va contra todos sus principios, de que sus palabras son incompatibles con sus actos y guerrea para conciliar lo que es, lo que siente y lo que hace.

Y, de repente, de manera tan súbita como se encontró acompañado y sin que nunca nos quede muy claro por qué (el texto no nos lo dice y aquí, más que nunca, no hay más que texto), el pastor se halla solo de nuevo, intentando entender qué es esta cosa que le ha ocurrido, de dónde ha venido esta agitación que le ha zarandeado, por qué ya no es el mismo que era:

Todos os dias agora acordo com alegria e pena.
Antigamente acordava sem sensação nenhuma; acordava.
Tenho alegria e pena porque perco o que sonho
E posso estar na realidade onde está o que sonho.
Não sei o que hei de fazer das minhas sensações.
Não sei o que hei de ser comigo sozinho.
Quero que ela me diga qualquer cousa para eu acordar de novo.

Tras "O pastor amoroso" la obra de Caeiro se apaga. Tan sólo nos quedan los "Poemas inconjuntos", el pastor ya no puede intentar presentar una obra poética coherente, tan sólo le queda documentar el fracaso de su proyecto divino (que coincide con el triunfo de su humana miseria). Cerrando sus poemas de (des)amor a Caeiro no le queda más que acabar con tres versos que, en su desarmante simplicidad, constituyen para mí la cumbre de su obra:

Mas isto são maneiras de dizer,
Que ainda trazem engano nas frases.
Eu era só, eu fiquei só, eis tudo.