El crítico de cine Manny Farber hace una distinción muy interesante entre lo que él llama “arte termita” y el “arte del elefante blanco”. Para Farber, “los tres pecados del arte del elefante blanco son: a) enmarcar la acción en un patrón omniabarcante, b) situar cada suceso, personaje o situación en una serie de continuidades, c) tratar cada centímetro de la pantalla y de la película como un área potencial para una creatividad digna de premio”. El arte del elefante blanco se esfuerza en ser “grande”, en tratar temas “importantes”, en él no encontramos elementos que sobren, todo está en su sitio y cuando terminamos de disfrutarlo la idea general sobrevuela el filme con tanta fuerza, contamina de tal manera nuestro recuerdo de él, que no nos vemos impelidos a hablar de la película, sino de lo que “representa”. El arte del elefante blanco está tan lleno y todas sus posibilidades están tan aprovechadas que no deja sitio para que el espectador respire. Señala Farber que
la cualidad o defecto común de autores tan aparentemente distintos como Antonioni, Truffaut o Tony Richardson es el miedo, miedo a la vida potencial de la película, a su dureza, tosquedad o escandalosidad. Cuando le unimos cantidades masivas de autoconciencia y conocimiento de la historia del cine, este miedo produce un despertar incesante.
El director elefante blanco tiene tanta prisa por hacer llegar sus grandes ideas al público que, para él, la película es más un medio que un fin. Lo que quiere, en palabras de Farber, es “clavar al espectador a la pared y azotarle con las toallas húmedas de la importancia y la pretenciosidad artística”. Por contra, para Farber el buen arte surge cuando
los creadores parecen no tener pretensiones de hacer cultura dorada sino que están inmersos en un esfuerzo derrochador a lo castor que no lleva a ningún sitio. Una característica peculiar del arte termita-parásito-moho es que no deja nada tras de sí más que los signos de una actividad dedicada, industriosa y descuidada.
También podemos aplicar esta categorización a los actores, como el mismo Farber hace con el John Wayne en El hombre que mató a Liberty Valance (clara termita) como opuesto al de Centauros del desierto (elefante blanco donde los haya). Un ejemplo claro de película termita sería Ikiru, de Kurosawa, que “resume todo a lo que aspira el arte termita: inmersión total en un pequeño área sin sentido ni objetivo y, sobre todo, concentración en retratar un momento sin glamorizarlo, pero olvidando este logro en cuanto haya pasado; la sensación de que todo es accesorio, que puede ser destripado y organizado de manera diferente sin problemas”.
la cualidad o defecto común de autores tan aparentemente distintos como Antonioni, Truffaut o Tony Richardson es el miedo, miedo a la vida potencial de la película, a su dureza, tosquedad o escandalosidad. Cuando le unimos cantidades masivas de autoconciencia y conocimiento de la historia del cine, este miedo produce un despertar incesante.
El director elefante blanco tiene tanta prisa por hacer llegar sus grandes ideas al público que, para él, la película es más un medio que un fin. Lo que quiere, en palabras de Farber, es “clavar al espectador a la pared y azotarle con las toallas húmedas de la importancia y la pretenciosidad artística”. Por contra, para Farber el buen arte surge cuando
los creadores parecen no tener pretensiones de hacer cultura dorada sino que están inmersos en un esfuerzo derrochador a lo castor que no lleva a ningún sitio. Una característica peculiar del arte termita-parásito-moho es que no deja nada tras de sí más que los signos de una actividad dedicada, industriosa y descuidada.
También podemos aplicar esta categorización a los actores, como el mismo Farber hace con el John Wayne en El hombre que mató a Liberty Valance (clara termita) como opuesto al de Centauros del desierto (elefante blanco donde los haya). Un ejemplo claro de película termita sería Ikiru, de Kurosawa, que “resume todo a lo que aspira el arte termita: inmersión total en un pequeño área sin sentido ni objetivo y, sobre todo, concentración en retratar un momento sin glamorizarlo, pero olvidando este logro en cuanto haya pasado; la sensación de que todo es accesorio, que puede ser destripado y organizado de manera diferente sin problemas”.

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